EL SEPARATISMO EN LA COSTA CARIBE DE NICARAGUA

Por Freddy Quezada

TIPOS DE IDENTIDADES

Hay tres tipos de identidades:

A) Aristotélica

Aquella que lleva a imponerse en virtud de considerar su esencia como inalterable y eterna. O se impone o se le resiste. De aquí se desprenden epopeyas de conquistadores, colonizadores, “civilizadores” o de resistencias trágicas y heroicas de grupos condenados por su alteridad y acentralidad narrativa. Son típicas las ideas eurocéntricas, de los blancos, de los hombres, de los cultos, etc. Incluso los mestizos pueden verse arrastrados, como ya veremos, por esta lógica. La idea clave de este paradigma es que hay una sustancia que nos define y esa naturaleza nos obliga a llevar esa bondad a los otros que suponemos no la tienen o si la poseen en pequeñas cantidades estamos en la obligación, como a los niños, de ayudarlos a desarrollarlas plenamente.

Están muy vinculados a los Estados naciones clásicos donde domina la homogeneidad o la incorporación de los grupos subalternos a los cánones centrales por medio de la lengua, el mercado, la educación y las instituciones. También en el caso de las resistencias, es igual, sólo que de signo invertido. Hay la idea de una pureza amenazada y dispuesta a defenderla con la vida si es preciso. Estos imaginarios de pureza son efectivamente los que han dominado la historia. Aún hoy tiene un peso fuerte en muchas naciones.

B) Los estructuralistas

Son menos cerrados, y su idea está centrada más bien en la relación que los unos establecen con los otros (aunque de alguna manera asumen que de previo hay también purezas) y cómo recíprocamente se definen en función de su posición, peso y capacidad de persuadir. Con la llegada de la deconstrucción y los Estudios Culturales empezaron a descubrir el carácter construido de las identidades (Anderson, Hobsbawm, García Canclini). Son amigos de las negociaciones, alianzas, pactos, acuerdos pragmáticos, inclusiones, complementariedades (“...el régimen de autonomía regional supone la convivencia y complementariedad, no la oposición a otras formas y niveles de autonomía: la municipal y comunitaria”. PNUD, 2005: 26), etc.

En Centroamérica una obra polémica como la de Mario Roberto Morales, su tesis doctoral, “La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón”, las resume y en ella aspira que Guatemala, su país de origen, reconcilie la peligrosa senda etnicista que parece llevar, por medio de una articulación de las diferencias en la refundación de un nuevo Estado intercultural. “La hibridación o, mejor, los espacios intersticiales de la hibridación cultural como vértice para situar el análisis de la cultura y la política, lleva no tanto a la inutilidad de considerar híbridas a todas la culturas sino, probablemente, a proponer el mestizaje intercultural (o el espacio en el que las diferencias se articulan) entendido como el producto de la transculturación, como eje articulador de futuras nacionalidades, identidades y subalternidades en países interétnicos” (Morales, 2002: 267).

Tienen a su favor el viento de los nuevos tiempos, pero también sus estudios, descubrimientos o inventos los han llevado de alguna manera a favorecer proyectos de autonomías, federaciones, consensos, que tratan de mantener un equilibrio con los estados centrales o los esquemas e imaginarios dominantes. Tienen un pie en los viejos Estados nacionales, cuyos horizontes no reconocen superados (“Una alternativa para la nación- Estado es, pues, el Estado –Nación, donde diversos pueblos y ‘naciones’ -- ya sea indígenas o identificadas en virtud de su adscripción étnica, religión o lengua—puedan coexistir pacíficamente y cooperativamente en un solo sistema de gobierno estatal.” PNUD: 2005: 24) y otro en las diferencias desterritorializadas como el papel de las ONG`s internacionales y el turismo folklórico y étnico que les hace ver con justicia el carácter muchas veces de simulacros de las identidades “puras”. Además, por estar preocupados por las estrategias nobles de obtener consensos en ambientes que creen, como buenos académicos, amables, amistosos y transparentes, se olvidan a menudo de las leyes del poder que ven con mucha ingenuidad y linealmente.

Todos estos estudios han girado, pues, o a través de “esencias” que chocan con violencia o de astucias y estrategias para negociar consensos y articulaciones dialógicas, dejando en penumbra dos problemas, uno que no termina de resolver la segunda escuela y, otro, que evita: la identidad y el poder. Hablaremos de ellas en el tercer tipo.

C) La nihilista

Las diferencias son altamente móviles, polisémicas, ubicuas y líquidas, exactamente como las identidades. Y cuyo objeto básico, tanto de unas como de otras, es imponerse o, al ser derrotadas una de ellas, sobrevivir, haciéndose la muerta (como el wakon yosai de los japoneses) o la débil (como los lamentos mayangnas), simulando, transformándose o adaptándose a la otra. No hay nada detrás de la identidad como también de la diferencia, sólo un juego imaginario de poder entre ellas de alto vuelo, gran calidad y de muy largo aliento para imponerse.

Tal vez me explique mejor con una tesis doctoral fascinante que acabo de leer y que se llama “Del hermetismo en el discurso sobre el género: el transexualismo como síndrome cultural: del sexo generado al sexo transexuado” de Isabel Aler Gay.

Resulta que el estudio del transexualismo como fenómeno de identidad y alteridad al mismo tiempo, descubre que todo el problema de la identidad se juega de una sola vez con ellos/ellas y también con los travestís a los que sólo alude tangencialmente. Judith Butler, en su obra Cuerpos que importan, también lo descubre, sólo que le adjudica más poder del que tiene y merece a un imaginario fácilmente confundible con un idealismo vulgar.

Aler Gay, a mi juicio equivocadamente, dice que los transexuales “refuerzan paradójicamente el sistema heterosexual”, sólo porque viajan del imaginario de identidad de uno o una hacia el otro u otra, donde se quedan (Aler, 2005:480). Sin embargo, hay una parte que la autora no llega a preguntarse, pero que es desprendible de su estudio: cómo harían los transexuales arrepentidos, por ejemplo, ya que por el carácter irreversible de los cambios clínicos y jurídicos, no pueden regresar a su identidad original y, supongo, que algunos de ellos o ellas tendrían que !travestirse para parodiar al sí mismo original! Si todavía, después de esta operación, se ríen es porque han descubierto que nunca hubo nada en ninguno de los sitios. Sólo un juego o un baile, como el de Krishna o el de Shiva. Cuando estos juegos se toman en serio, lo único que los transforma así, es el poder de imponerse uno a otro y entonces todo parece verdad.

Tiresias el adivino, en la Grecia clásica, dijo que de los dos sexos que él mismo había sido, elegía el de mujer (Tipo A) y el "Orlando" de Virginia Woolf, en que es hombre en una época y mujer en otra, hablaba más bien de complemento (Tipo B). Shelmerdine y Orlando, en su relación, eran tan parecidos que, siendo este último mujer, Shel le decía: “ ‘ ¿Estás segura de no ser un hombre? ’ Le preguntaba ansiosamente, y ella repetía como en un eco: ‘ ¿Será posible que no seas una mujer? ’ Y acto continuo hacían la prueba.” (Wolf, 1983: 166).

La tesis doctoral de Aler Gay, para asuntos de identidad (Tipo C), nos parece reveladora porque los transexuales que se arrepienten, son los únicos seres que podrían conocer a fondo la identidad como "nada". Sólo un transexual desencantado que, descubriendo que no hay nada especial en el sexo donde ha llegado, y deseando volver al original, admitiría que regresar no tiene sentido, porque también es lo mismo. Sólo necesitaría arrepentirse para saberlo.